y hoy tengo ganas de sonreír

Quiero mirarte a los ojos y sonreír, sonreír mucho, porque la vida es buena, porque soñás conmigo, porque hay quien tiene celos de mí todavía. Porque mi perra mueve la cola cuando me ve y en verano me chupa los dedos de los pies aunque la rete. Porque el sol brilla en mi patio y vive el duraznero que mi viejo plantó un día diciéndome es tuyo, es tu árbol, y yo lo regaba todos los días, con baldes de agua, y ése verano dio unos duraznos gigantes, enormes y blancos, pero sin sabor. Porque en el lavadero estuvo herrumbrándose mi bicicleta rosa bebé hasta que dios y la vida dijeron agua va y mi hermana parió una nena y otra nena, que aprendieron a andar en ella por los mismos caminos que yo. Porque siento el amor en la piel y en la boca. Porque tengo un lenguaje propio para hablar con mis amigas de la vida y les puedo decir te quiero y te necesito. Porque mi viejo todavía sabe cantar Manuelita mientras toca la guitarra si se lo pido, aunque le dé vergüenza. Porque mi vieja es mi mamá, y mamá del que quiera, y abuela, y maestra, y todo. Porque hoy me siento feliz y triste, pero sobre todo expectante de lo que la vida me depara.

degenerarono

Sos como un monstruo gordo, grasiento y fofo, que me chupa los pies, como el sapo de laiseca, con una verga deforme y amenazante que no podés manejar, como la sombra negra de lost, como un denso baño de melaza. Aún así, si te volviera ver con camisa a cuadros y zapatos de vieja, no me tomaría el trabajo de escupirte, miraría un poco más arriba de tu cabeza, te esquivaría como a la peste bubónica en dibujito de la edad media, y seguiría mi vida, silbando bajito, por la vereda del sol.

y no te diste cuenta

Cómo hago para decirte, que me quedé quietita quieta quieta, a la espera, agazapada, dormida pero no, despierta pero no, mirando, espiando, viendo qué pasaba, que tuve las palabras en la lengua, en la garganta en la piel en las manos me chorrearon por los labios se me cayeron de la boca me quemaron el cuero las palabras las palabras se me hicieron un bocado grande que me ahogaba las mastiqué, sí, las deglutí, sí, las hundí para siempre nunca debían ver la luz. Y caminé zombi, caminé enferma, caminé a la espera, en el tumulto y en la soledad, frente a un ventanal y reflejándome en un espejo, y quise, lloré, y las lágrimas nunca fueron mías, rodaban de otra mejilla. Cómo hago para decirte ahora, que ésa era yo, la que una vez renunció, y perdió el rumbo, la que se hundió y parecía temer, que ésa era yo, que a veces llego, un poco fuera de mí, pero enseguida vuelvo al ruedo, al ruedo, al ruedo, al ruedo, al ruedo, al ruedo, con la sangre brotándome del cuerpo.

Reincidencia

De pronto me acerqué la mano a la cabeza y escuché el sonido del mecanismo del reloj, la gota de agua incesante en el baño, los motores de los autos. La puerta de calle. La espera. Y lamenté.
La reincidencia.
Capítulos de reincidencia.
La palabra me persigue, me agota, me chupa la sangre.
Me escupe a la cara mi propia imbecilidad.